Yenine María Ponce Jara, autora peruana cuya trayectoria
cruza la investigación cultural y la lírica, con vínculos
entre Cusco y Madre de Dios. Se formó como antropóloga en
la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y realizó
estudios en el Centro Bartolomé de Las Casas, orientándose a cultura viva
y expresiones musicales del sur andino.
En 2007 publicó “Sikus masculino de tiempo seco” en Folklore: Arte,
Cultura y Sociedad (CEDOC - Universidad Nacional Mayor de San Marcos),
con un enfoque etnomusicológico sobre el siku/sikuri y sus dimensiones sociales
y de género. En 2026 debuta en poesía con el poemario Camino de fuego y
agua (Cusco: Editorial Fuego), considerado su ópera prima lírica e
integrado por secciones y un glosario de términos quechua y aymara. Además,
participa en publicaciones de corte regional y una trayectoria vinculada
a gestión cultural, asociada al ámbito institucional de comercio exterior y
turismo en Madre de Dios.
Maternidad como forma de conocer y de
habitar el mundo
(criar es una epistemología que
reorganiza mundo, lengua y memoria)
Resumen
Este ensayo, lee el poemario Camino de fuego y agua de Ponce
Jara como una exploración de la maternidad que no idealiza: la plantea como
epistemología, una forma de conocer y de habitar el mundo. A través de una
lectura cercana de imágenes y escenas —del fuego/agua como pulso afectivo de la
crianza al paso del niño por Huacaypata— el texto muestra cómo el cuerpo
del hijo se vuelve territorio donde se superponen historia, música y herencia.
El método interpretativo combina cartografía simbólica (del Qhapaq Ñan al mito
amazónico del Wanamey) y comparación crítica con voces del canon ( Gloria
Mendoza, Dida Aguirre, Nora Alarcón y Qoricha'ska
Quispe Puma. ), para situar una lírica cusqueña de matriz
andina abierta a cruces interculturales. La metáfora del kintsugi organiza la
idea de reparación: el duelo no se borra, se integra. En conclusión, el
poemario dibuja un mapa andino‑amazónico del cuidado y propone que soltar
también es amar.
Introducción
Leer Camino de fuego y agua es entrar en una
escena cotidiana que, de pronto, se vuelve inmensa: alguien acompaña el
crecimiento de su hijo y, con ese gesto, el mundo se reordena. En la escritura
de Ponce Jara, el cuidado no se confunde con la idealización; aparece como
trabajo emocional, como memoria en marcha y como una forma de mirar el
territorio sin separarlo del cuerpo.
La pregunta central de este ensayo es sencilla y
exigente: ¿cómo convierte el poemario la maternidad en una manera de conocer
—una epistemología— y, al mismo tiempo, en un mapa andino‑amazónico donde fuego
y agua conviven?
Para responder, el texto se organiza en tres momentos.
Primero, explora la maternidad como territorio sentimental y pensamiento
encarnado, atendiendo a la dualidad fuego/agua y a escenas situadas
en Cusco. Después, sigue la geografía del símbolo: del Qhapaq
Ñan al Wanamey y a la metáfora del kintsugi como estética de reparación.
Por último, ubica la voz del libro en diálogo con la tradición poética peruana,
para mostrar qué conserva, qué discute y qué abre hacia nuevas formas de
pertenencia.
En Camino de fuego y agua, Yenine María Ponce
Jara se aparta de la imagen más repetida de la maternidad —esa que la reduce a
sacrificio dulce y silencio— para mostrarla como algo mucho más complejo: una
manera de aprender el mundo con el cuerpo, con el miedo y con la ternura a la
vez. Aquí la maternidad no es un adorno temático, sino una forma de mirada: una
“epistemología” íntima, sí, pero profundamente concreta. Es decir: la
experiencia de criar se convierte en un modo de entender lo real.
La estructura del libro, que va desde “El Presentimiento”
hasta el “Círculo Vicioso”, se siente como un arco vital: al inicio, la
intuición del hijo aparece como promesa, como vibración futura; más adelante,
la madre aprende lo más difícil: aceptar que ese ser que nació “de ella” no le
pertenece. El camino no es sólo el del niño que crece, sino el de la voz que
aprende a soltar, a mirar sin retener.
En este poemario, el cuerpo del hijo funciona como un
territorio donde se cruzan muchas historias. Cuando el niño atraviesa el
Huacaypata (la Plaza de Armas del Cusco), no estamos ante un simple paseo. Ese
trayecto cotidiano se vuelve una superposición de tiempos: piedras incas y
coloniales bajo los pasos pequeños; música que mezcla “valsecito criollo” y
“pandilla puneña” en el aire; voces, memorias, pertenencias que no encajan del
todo pero conviven. El hijo, entonces, es también una pregunta: ¿qué hereda?
¿qué carga sin saberlo? ¿qué seguirá vivo aunque cambie de forma?
La “dialéctica” del título —fuego y agua— late como el motor
afectivo de la crianza. El fuego nombra el riesgo y el temblor de traer alguien
al mundo: parir es entrar en una zona de intensidad donde todo prende. El agua,
en cambio, recuerda lo que sostiene: el llanto, la limpieza, el río que
continúa incluso cuando una no puede más. Y lo importante es que aquí no son
enemigos. En el vínculo madre-hijo, fuego y agua se mezclan: miedo y orgullo,
cansancio y asombro, protección y distancia. La madre mira al hijo como espejo
—porque se reconoce en él—, pero también como una alteridad que nunca podrá
abarcar del todo.
La geografía del símbolo: del Qhapaq Ñan al Wanamey
Uno de los mayores logros del libro es que incorpora varias
cosmovisiones sin encerrarse en un regionalismo estrecho. El “camino” organiza
la experiencia y la escritura: caminar, acompañar, seguir, perderse y encontrar
señales. Si la autora es antropóloga, aquí no se nota como exhibición
académica, sino como respiración: el conocimiento está en el modo de mirar y
nombrar, en la precisión con que el mundo cultural aparece sin volverse postal.
Un horizonte andino-amazónico sin fronteras rígidas
El poemario está profundamente anclado en el Cusco:
topónimos, nevados, gestos rituales, textiles, objetos de cuidado —la unkuña,
la mast’ana— como si el idioma tuviera una memoria material. Pero ese arraigo
no se queda quieto. En un giro significativo, el libro abre el mapa hacia la
Amazonía a través del mito del Wanamey (árbol de vida en la tradición
Harakbut/Arakbut).
Ese gesto rompe una división muy instalada: “lo andino” por
un lado y “lo amazónico” por otro, como si fueran mundos que no se tocan.
En Camino de fuego y agua se sugiere lo contrario: la
identidad peruana contemporánea se parece más a un corredor de flujos que a una
casa con muros. El camino de la madre y del hijo puede empezar en la sierra y
desembocar en la selva, no por turismo simbólico, sino porque la vida —cuando
se vive de verdad— rara vez respeta las fronteras culturales rígidas. Esta
apertura vuelve al poemario una forma de resistencia: admitir que somos
múltiples, que lo “puro” casi siempre es un mito útil para excluir.
La estética de la reparación: aprender a vivir con las
grietas
La interculturalidad del libro va todavía más lejos y se
permite un puente inesperado: el Japón tradicional. Aparecen el chanoyu (ceremonia
del té) y, sobre todo, el kintsugi, ese arte de reparar cerámica
rota con oro, dejando visible la fractura.
La belleza del kintsugi no está en negar la
rotura, sino en decir: “esto se quebró y, aun así, vale”. El poemario traslada
esa lógica al vínculo afectivo: la pena no se borra; se trabaja, se cuida, se
integra. La cicatriz no se esconde: se vuelve parte de la historia noble de
quien la lleva.
Por eso la sección “Las penas blandas” resulta tan
conmovedora. El duelo y la pérdida no aparecen como puntos finales, sino como
grietas que, si se acompañan con paciencia, pueden transformarse. No se
romantiza el dolor, pero tampoco se lo expulsa: se lo reconoce como parte del
tejido de vivir.
Diálogo con la tradición: dónde se ubica esta voz en la
poesía peruana
- Para
situar a Ponce Jara en la tradición de la poesía peruana, ayuda contrastar
su gesto con otras voces fuertes del canon contemporáneo. Frente a la
frialdad existencial que muchas veces se asocia a Blanca Varela, o frente
a la confrontación erótica del cuerpo que marcó un hito en Carmen Ollé,
Ponce Jara propone un cuerpo distinto: un cuerpo que sostiene, que cuida,
que se desgasta y aun así sigue siendo fuente. Su escritura no elude la
herida íntima —en eso puede dialogar con: Gloria Mendoza Borda: Considerada
una de las voces andinas más importantes, con una vasta trayectoria en la
poesía. Dida Aguirre García: Poeta ayacuchana destacada por su
producción en quechua, reconocida en el ámbito andino. Lily Flores
Palomino: Reconocida como una fundadora de la poesía quechua
escrita por mujeres. Qoricha'ska Quispe Puma (Cusco): Poeta de
la región cusqueña que forma parte del corpus que busca visibilizar las
voces andinas. Y Yana Wayta (Andrea Orduña): Poeta cusqueña
que aborda la identidad ancestral con un enfoque feminista y decolonial.
En otras palabras, su poesía no se encierra en la
psicología: hace comunidad con el territorio. Los Apus y los ríos no son
decorado; participan del modo en que se siente.
¿Es “Camino de fuego y agua” poesía andina?
Sí, pero no en un sentido limitado.
El libro está atravesado por repertorios andinos: léxico
quechua/aimara, sacralidad del paisaje, ritmo casi salmódico, centralidad del
camino. Sin embargo, no encaja del todo en el molde clásico del “sujeto
migrante” que sufre la gran ciudad limeña. Aquí la experiencia es más
transregional: Andes y Amazonía dialogan; el viaje no es sólo campo‑ciudad,
sino un desplazamiento cultural más amplio.
Además, el castellano funciona como un idioma de traducción
emocional y ritual: sirve para acercar prácticas, ritos, memorias y sensaciones
que provienen de una cosmovisión indígena, pero sin cerrarse a otras lecturas.
Por eso el poemario puede citar a Pizarnik o hablar de “tangentes” y
“diámetros” sin traicionarse: la identidad que propone no es una vitrina fija,
sino un movimiento que incorpora, filtra y resignifica.
Dicho de forma simple: es una lírica cusqueña contemporánea
de matriz andina, con expansión intercultural.
Para aclararlo sin tecnicismos, el libro se podría entender
así:
- Lo
andino está muy presente: en los nombres, los rituales, el
paisaje, los objetos de la vida cotidiana.
- El
bilingüismo aparece como pulsación: el castellano domina, pero
las lenguas originarias sostienen parte del sentido y del mundo.
- El
sujeto no se define sólo por migrar a la ciudad: su tránsito
principal es cultural (sierra‑selva, tradición‑modernidad, duelo‑reparación).
- La
forma apuesta por verso libre, fragmentación y una musicalidad
que a ratos se siente como oración o canto.
Conclusión
Camino de fuego y agua es un libro de madurez:
piensa con sensibilidad y siente con inteligencia. Convierte la maternidad —esa
experiencia que tantas veces se trata como privada o “doméstica”— en un
acontecimiento cultural, abierto, cargado de historia. La madre que habla aquí
no se idealiza: duda, se quiebra, aprende. Y precisamente por eso convence.
Al unir Cusco y Amazonía, ritualidad andina y filosofía
oriental, duelo y reparación, la autora construye un mapa útil para el Perú del
siglo XXI: un país que no cabe en una sola lengua, una sola memoria ni una sola
manera de nombrar lo sagrado.
En el fondo, el poemario recuerda algo elemental y
verdadero: todo camino —por más ardiente, doloroso o incierto que sea— necesita
agua. Agua como memoria, como cuidado, como forma de seguir viviendo sin negar
lo que se rompió. Y quizá ahí esté su fuerza mayor: en mostrarnos que criar,
amar y resistir son, al final, distintas maneras de caminar.
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