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Lectura sociológica y crítica de la Generación Z del Perú (1997–2012): desigualdades, cultura digital y crisis de futuro
(Ensayo con enfoque
explicativo–descriptivo, basado en datos oficiales y lectura teórica
interdisciplinaria)
Pilar Vilcapaza
Masco
Universidad Tecnológica del Perú
Ensayo Académico (Jurídico sociopolítico).
Fecha: 16 de octubre de 2025
Resumen
Este ensayo ofrece
una lectura sociológica y crítica de la Generación Z del Perú
(1997–2012), articulando datos empíricos (INEI, SENAJU, OIT, CEPAL,
UNESCO, 2023–2025) con enfoques teóricos de autores como Mannheim,
Giddens, Beck y Bourdieu. Se busca superar el enfoque meramente descriptivo
para interpretar el significado estructural y cultural de las cifras
sobre educación, empleo, desigualdad, digitalización y participación política.
La investigación revela
que esta generación —que representa cerca del 24% de la población peruana—
vive entre dos tensiones históricas: el acceso sin precedentes a la
información y la tecnología, y la persistencia de desigualdades
estructurales que limitan su movilidad social y su confianza en el futuro.
Aunque más educada y conectada, la Generación Z enfrenta precariedad
laboral, sobrecarga emocional y desafección política, síntomas de una
modernidad fragmentada donde el mérito no garantiza justicia social.
El análisis concluye que
la juventud peruana no constituye solo una categoría demográfica, sino un sujeto
político y cultural emergente, que cuestiona las promesas incumplidas del
desarrollo neoliberal y demanda una nueva ciudadanía digital, inclusiva y
democrática.
Palabras clave: juventud, desigualdad, cultura
digital, informalidad, ciudadanía, sociología crítica, Perú, Generación Z.
1. Delimitación
conceptual y método
El estudio asume la
definición de Generación Z propuesta por Mannheim (1952): una
cohorte que comparte condiciones históricas, tecnológicas y culturales que
modelan una conciencia generacional. En el caso peruano, comprende a los
nacidos entre 1997 y 2012, hoy con edades entre 13 y 28
años. Para efectos estadísticos se adopta el rango 15–29 años,
utilizado por el INEI y SENAJU, como grupo etario representativo del proceso de
transición escuela–trabajo.
La metodología es mixta:
combina el análisis cuantitativo (encuestas nacionales de hogares,
empleo y TIC) con un enfoque cualitativo (interpretación de
actitudes, valores y narrativas juveniles en fuentes como Latinobarómetro,
Ipsos y IDEA Internacional). Este enfoque permite no solo describir tendencias,
sino explicar las causas estructurales y los significados culturales detrás
de ellas.
Desde una perspectiva
interdisciplinaria, el análisis se articula con conceptos de:
- Sociología
de las generaciones (Mannheim): cambio social a partir de experiencias
compartidas.
- Modernidad
reflexiva (Giddens,
Beck): individualización, riesgo y redefinición del trabajo.
- Capital
cultural y social (Bourdieu): desigualdad en acceso a educación y redes.
- Modernidad
líquida (Bauman):
fragilidad de los vínculos y ansiedad ante el futuro.
El propósito no es solo
registrar indicadores, sino leerlos como síntomas de una estructura social
en crisis, donde la juventud peruana habita entre la promesa de la modernidad
digital y la persistencia del subdesarrollo estructural.
2. Demografía, sexo y
geografía
En el Perú de 2025, la
población joven de 15 a 29 años asciende a aproximadamente 7.8 millones de
personas, lo que representa cerca del 24% del total nacional (INEI,
2024). Este grupo constituye el núcleo activo del llamado “bono
demográfico”, una oportunidad histórica que podría impulsar el crecimiento
económico y la renovación institucional. Sin embargo, la evidencia demuestra
que este bono se está diluyendo en la informalidad, la precariedad laboral
y la desigualdad territorial, lo que transforma un potencial productivo en un
riesgo social.
El 51% de esta
población son mujeres y el 49% varones, una aparente paridad que, en términos
estructurales, oculta profundas brechas de género. Aunque las mujeres
jóvenes alcanzan mayores niveles educativos promedio, enfrentan menores
ingresos, mayor carga de trabajo no remunerado y menores tasas
de participación en el empleo formal (SENAJU, 2024). Desde la perspectiva
de Bourdieu, esta diferencia no es natural sino reproducida por el habitus
social, que asigna roles desiguales en la división sexual del trabajo y en el
acceso al capital simbólico de la educación.
En el plano territorial,
la juventud peruana se distribuye 82% en áreas urbanas y 18% en rurales.
Lima Metropolitana concentra alrededor del 28% de los jóvenes, seguida por
Arequipa (3.6%), La Libertad (3.3%) y el Callao (3.1%). Esta concentración
refuerza la macrocefalia limeña, es decir, el centralismo económico,
político y educativo que caracteriza al Estado peruano desde la República.
Según CEPAL (2023), este tipo de estructura espacial genera una “juventud dual”:
una conectada al mercado global y otra relegada a economías de subsistencia, en
su mayoría rurales e indígenas.
El contraste urbano-rural
también expresa la geografía de la desigualdad educativa. Mientras los
jóvenes urbanos acceden con relativa facilidad a universidades, institutos o
empleos de servicios, los jóvenes rurales enfrentan barreras estructurales:
baja cobertura de educación superior, escaso acceso digital y altos costos de
movilidad. Beck (2002) denomina a este fenómeno la “individualización del
riesgo”: el Estado transfiere al individuo la responsabilidad de sobrevivir en
un entorno de desprotección estructural.
Desde una lectura
crítica, los datos demográficos muestran que la Generación Z peruana no
parte del mismo punto de partida. El espacio, el género y la clase determinan
los márgenes de posibilidad. En lugar de un “capital juvenil homogéneo”,
encontramos diversas juventudes superpuestas, donde la posición
territorial y social condiciona el acceso a los derechos y a los sueños. La
modernidad peruana, por tanto, es geográficamente desigual y moralmente
fragmentada.
3. Diversidad étnica y
religiosa
La Generación Z del Perú
encarna una heterogeneidad étnica y cultural profunda que refleja la
historia larga del país: una nación que aún no ha resuelto el modo de integrar
su pluralidad en condiciones de igualdad. Según la Encuesta Nacional de la
Juventud (SENAJU, 2022), el 56% de jóvenes se autoidentifica como mestizo,
el 23% como indígena y el 7% como afrodescendiente; además,
el 9% tiene una lengua materna indígena. Detrás de estos porcentajes se
oculta un fenómeno sociológico central: la estratificación étnico-racial,
una herencia colonial que sigue definiendo jerarquías simbólicas, oportunidades
educativas y trayectorias laborales.
Desde la perspectiva
de Pierre Bourdieu, la identidad étnica funciona como una forma de capital
simbólico que puede convertirse en exclusión o prestigio según el campo
social en el que opere. En el Perú, el mestizaje ha sido discursivamente
valorado como signo de integración, pero en la práctica se traduce en una asimilación
desigual, donde lo “moderno” se asocia a lo urbano y lo “atrasado” a lo
indígena. Por ello, la experiencia de los jóvenes quechuas o aimaras no solo
está mediada por el territorio, sino también por el reconocimiento
cultural: acceder a la educación o al empleo implica, muchas veces, negar
su lengua o su estética para ser socialmente aceptados.
Este fenómeno es
especialmente visible en el sistema educativo. Mientras la política pública
celebra la interculturalidad, los datos muestran que los jóvenes indígenas
rurales presentan tasas más bajas de culminación secundaria (69%) y menor
acceso a educación superior (22%) en comparación con los jóvenes urbanos
no indígenas (SENAJU, 2023). La desigualdad no radica solo en el ingreso, sino
en la capacidad del sistema educativo de reconocer y valorar los saberes
originarios. La escuela, en vez de ser un espacio de movilidad, a menudo actúa
como un mecanismo de homogeneización cultural.
En el ámbito religioso,
el Perú sigue siendo un país mayoritariamente católico (76%), pero las
cohortes más jóvenes muestran una tendencia a la secularización y
diversificación de creencias. Los “sin religión” pasaron de 3% en 1996 a
6.8% en 2023, y el crecimiento de iglesias evangélicas pentecostales refleja
una fragmentación de la fe tradicional. Esta mutación religiosa coincide
con lo que Zygmunt Bauman denomina modernidad líquida:
una era donde las certezas sólidas —incluidas las espirituales— se diluyen, y
los individuos buscan nuevos sentidos en identidades más flexibles.
En términos sociológicos,
la diversidad étnica y religiosa de la Generación Z no constituye una simple
suma de diferencias culturales: representa una tensión entre
reconocimiento y exclusión. La juventud indígena, afrodescendiente y mestiza
vive en un país donde la multiculturalidad es celebrada en el discurso,
pero poco redistributiva en la práctica. En palabras de Boaventura de
Sousa Santos (2018), el Perú atraviesa una “democracia sin reconocimiento,
donde la igualdad política convive con la desigualdad cultural”.
Por tanto, la Generación
Z peruana habita un escenario de identidades múltiples, pero también de
jerarquías persistentes. Su desafío no es solo acceder al mercado laboral o
educativo, sino redefinir el sentido mismo de ciudadanía en un país
donde la diferencia aún se traduce en desigualdad.
4. Educación: acceso,
culminación y transición
En el Perú, la educación
ha sido históricamente concebida como el principal mecanismo de movilidad
social, pero en la práctica se ha convertido en un reproductor de
desigualdades. Los datos del SENAJU (2024) muestran que alrededor del 80%
de los jóvenes de 17–18 años culmina la educación secundaria, pero menos
del 40% accede a la educación superior, con fuertes brechas territoriales y de
género. Esta ruptura en la “línea de ascenso” marca una de las transiciones más
frágiles de la vida juvenil: el paso de la escuela al trabajo.
Siguiendo a Pierre
Bourdieu (1979), el sistema educativo peruano tiende a legitimar las
desigualdades de origen al convertir las diferencias culturales en diferencias
de mérito. Así, mientras los jóvenes de clases medias urbanas acceden a
universidades privadas o programas técnicos de calidad, los jóvenes rurales o
pobres deben optar por instituciones públicas sobrecargadas o de baja
acreditación. El resultado es una segmentación educativa por clase y
territorio, donde el título ya no garantiza movilidad, sino que distingue
entre quienes pueden competir y quienes sobreviven.
La pandemia de la
COVID-19 profundizó esta brecha. Según el INEI (2022), la interrupción de
clases presenciales y la falta de conectividad afectaron de forma
desproporcionada a los jóvenes rurales y a las mujeres. El acceso desigual a
internet —96% en zonas urbanas frente a menos del 60% en zonas rurales— generó
una brecha digital que se traduce en brecha educativa, al limitar la
posibilidad de continuar estudios o capacitarse en línea. De esta manera, la
tecnología, que en teoría debía democratizar el aprendizaje, reforzó la
exclusión entre los “conectados” y los “desconectados”.
Desde la perspectiva
de Ulrich Beck (2002) y su concepto de sociedad del riesgo,
la educación peruana enfrenta una paradoja: a medida que más jóvenes obtienen
títulos, el valor social de la credencial se devalúa. Esta “inflación
educativa” genera frustración y desencanto, pues la promesa del esfuerzo
individual no se traduce en estabilidad ni reconocimiento. Muchos jóvenes
terminan subempleados o en la informalidad, incluso con formación
universitaria.
En el contexto
latinoamericano, CEPAL (2024) señala que el Perú se ubica entre los
países con menor tasa de culminación universitaria y mayor
desigualdad de aprendizaje. Mientras Chile y Uruguay avanzan en sistemas de
aseguramiento de calidad, el Perú mantiene un sistema fragmentado, donde
la educación técnica carece de prestigio y la universitaria se
concentra en Lima.
La educación, por tanto,
no puede seguir siendo analizada solo en términos de cobertura o matrícula. En
la Generación Z, el aprendizaje se vincula con expectativas frustradas y
trayectorias discontinuas, donde el estudio ya no es garantía de ascenso, sino
una inversión incierta. En palabras de Anthony Giddens (1991), la
modernidad reflexiva obliga al individuo a reinventarse continuamente, pero en
contextos como el peruano, esa reinvención ocurre sin redes de seguridad,
transformando la esperanza en ansiedad.
Así, la escuela peruana
produce jóvenes más educados, pero también más vulnerables al desempleo y
a la frustración simbólica. La Generación Z vive el fin del mito meritocrático:
estudian más, pero ganan menos; aprenden más, pero participan menos en el
poder. En términos sociológicos, la educación ha dejado de ser un camino de
ascenso y se ha convertido en un campo de lucha por el reconocimiento.
5. Empleo, sectores,
informalidad e ingresos
El tránsito de la escuela
al trabajo representa, para la Generación Z peruana, uno de los mayores
puntos de fractura social. Los datos muestran que el 18.2% de jóvenes
entre 15 y 29 años son NEET (ni estudian ni trabajan), y que la
tasa asciende a 24.7% entre las mujeres (SENAJU, 2024). Este fenómeno
no es solo estadístico: es estructural. En un país donde más del 70% del
empleo juvenil es informal, el trabajo deja de ser un espacio de integración
social y se convierte en un mecanismo de sobrevivencia precarizada.
Desde la perspectiva de
la OIT (2024), el Perú enfrenta un fenómeno de “juvenilización de la
informalidad”: los jóvenes son desproporcionadamente absorbidos por el empleo
sin contrato, sin beneficios y con bajos salarios. Esta tendencia se relaciona
con un modelo económico basado en sectores extractivos y de servicios de
baja productividad, que no generan suficiente empleo formal para la creciente
población activa. En zonas rurales, el 68% de los jóvenes trabaja en el sector
primario (agricultura, pesca o minería); en áreas urbanas, predominan los
servicios y el comercio informal. En ambos casos, los empleos son poco
diversificados y escasamente protegidos.
La brecha salarial
de género persiste como uno de los indicadores más contundentes de
desigualdad estructural. Según el INEI (2024), los jóvenes varones ganan en
promedio S/ 1,353, mientras las mujeres perciben S/ 1,062. Esta
diferencia no se explica únicamente por productividad o nivel educativo, sino
por una división sexual del trabajo que subvalora las tareas
feminizadas y penaliza la maternidad temprana o la responsabilidad de cuidado.
En términos de Bourdieu (1998), el mercado laboral reproduce las jerarquías
de género mediante la lógica del “campo económico”, donde el capital cultural
femenino (educación, habilidades blandas, comunicación) no se traduce en
capital económico.
El modelo económico
peruano, sustentado en la liberalización de los años noventa, consolidó
un mercado dual: una minoría formal, vinculada a grandes empresas y al
Estado, y una mayoría informal, donde se ubica la juventud trabajadora.
Esta dualidad estructural genera lo que Ulrich Beck denomina
“precariado reflexivo”: individuos altamente educados, adaptables y
digitalizados, pero insertos en empleos inestables y sin derechos laborales.
En el contexto
latinoamericano, CEPAL (2023) estima que el 50% de los jóvenes en la
región trabaja en la informalidad, pero el Perú supera esa media. Países como
Chile o Uruguay han reducido su tasa gracias a políticas activas de empleo y
formación dual (empresa–escuela). En cambio, el Perú carece de una política
laboral juvenil integral: los programas de empleo temporal o de primer empleo
tienen bajo alcance y dependen de ciclos políticos, no de planificación
intergeneracional.
La precariedad también se
expresa en la estructura del ingreso. Con un promedio de S/ 1,176
mensuales, los jóvenes peruanos ocupan los tramos más bajos de remuneración.
Para quienes provienen de zonas rurales o de la educación técnica incompleta,
los ingresos caen por debajo de S/ 900. Esto explica por qué muchos optan por
el autoempleo informal o el emprendimiento de subsistencia, una forma de
“autonomía” que en realidad traslada al individuo la carga del fracaso del
Estado.
La experiencia laboral
juvenil en el Perú, por tanto, no puede entenderse como una etapa transitoria
hacia la estabilidad, sino como una condición estructural de
vulnerabilidad. El trabajo, lejos de garantizar ciudadanía, se ha convertido en
un espacio donde la exclusión se normaliza. Como plantea Zygmunt Bauman
(2000), la modernidad líquida produce sujetos flexibles y desechables; la
juventud peruana es el ejemplo más visible de esta paradoja: más calificada y
digitalizada que nunca, pero menos protegida y más insegura.
En síntesis, el mercado
laboral no ha sabido absorber el talento ni la energía de esta generación. La
informalidad no es un accidente: es el resultado de un modelo económico que
prioriza la rentabilidad sobre la inclusión. Así, el empleo juvenil se convierte
en un espejo de la desigualdad nacional, donde la promesa del mérito se
disuelve en la práctica del descart.
6. Inclusión
financiera y vida digital
El acceso de la
Generación Z a los sistemas financieros y tecnológicos del Perú representa una
de las transformaciones más visibles del siglo XXI, pero también una de las más
paradójicas. Según el INEI (2024), el 62.6% de jóvenes entre 18 y 29 años
posee una cuenta en el sistema financiero, cifra que parece indicar progreso
hacia la inclusión. Sin embargo, una lectura más profunda revela que la mayoría
de estas cuentas son pasivas, creadas para recibir transferencias, bonos o
pagos digitales, no para generar ahorro ni crédito productivo. Esta diferencia
convierte la inclusión formal en una inclusión aparente: los jóvenes están
dentro del sistema, pero sin participar plenamente de sus beneficios.
Desde la perspectiva
de Pierre Bourdieu, el capital económico solo se convierte en poder real
cuando se articula con otros tipos de capital: cultural, social y simbólico. En
el caso peruano, la bancarización juvenil no siempre se traduce en autonomía
económica, porque los jóvenes carecen del capital social (redes, contactos) y
cultural (conocimiento financiero) necesarios para aprovecharlo. La alfabetización
financiera, por ejemplo, sigue siendo baja: solo el 35% de los jóvenes declara
entender el funcionamiento básico del crédito y la tasa de interés (BCRP,
2024). Esto crea una paradoja: la tecnología financiera amplía el acceso, pero
también reproduce las desigualdades de conocimiento.
El auge de las billeteras
digitales (Yape, Plin, Tunki, etc.) ha transformado la forma de consumo
juvenil, integrando a sectores antes excluidos del sistema bancario. No
obstante, esta digitalización también genera nuevas dependencias
tecnológicas. Las empresas privadas concentran el control de los datos
financieros, y la juventud se convierte en proveedora gratuita de
información económica para algoritmos de consumo. Desde una mirada crítica
inspirada en Shoshana Zuboff (2019) y su teoría del capitalismo
de vigilancia, la inclusión digital juvenil peruana es simultáneamente una
forma de empoderamiento y una forma de control.
En el terreno digital, el
acceso a internet alcanzó al 80% de la población total en 2024, con
un 96% entre jóvenes de 19–24 años y más del 90% en el rango
12–18 (INEI, 2024). No obstante, esta cifra esconde una brecha
estructural de calidad y uso. Mientras los jóvenes urbanos usan internet para
estudiar, trabajar o emprender, en zonas rurales la conexión se reduce a redes
sociales y mensajería básica. El acceso, por tanto, no es sinónimo de igualdad,
sino un nuevo rostro de la desigualdad, donde la exclusión ya no se mide
por tener o no tener internet, sino por cómo y para qué se usa.
De acuerdo con Manuel
Castells (2010), la sociedad red redefine el poder y la identidad: quien
controla la información controla la posibilidad de existencia social. En el
Perú, esta afirmación se vuelve tangible. La Generación Z habita entre la
hiperconexión y la precariedad; domina el lenguaje digital, pero no
necesariamente el capital informacional. La alfabetización crítica —la
capacidad de distinguir información útil, veraz y transformadora— sigue siendo
baja, lo que facilita la expansión de fake news, discursos de odio y
desinformación política.
En este contexto, la
ciudadanía digital peruana es fragmentada y desigual. Por un lado, los
jóvenes urbanos acceden a plataformas globales de educación, activismo o
trabajo remoto; por otro, miles de jóvenes rurales siguen atrapados en
una infraestructura tecnológica insuficiente. Este desbalance genera una
división generacional interna: los conectados y los desconectados del
poder simbólico.
La digitalización no ha
eliminado la desigualdad; la ha trasladado al espacio virtual. La Generación Z,
si bien es la más tecnológicamente alfabetizada de la historia peruana, también
es la más vulnerable a la explotación de datos, la sobrecarga
informativa y la inseguridad laboral digital (freelance, gig
economy). En términos de Ulrich Beck, el riesgo ya no proviene del
desempleo industrial, sino de la inestabilidad algorítmica: un mercado que
premia la conexión, pero castiga la fragilidad.
En síntesis, la inclusión
financiera y digital de la Generación Z peruana representa una modernización
sin equidad. Los jóvenes acceden a nuevas herramientas, pero dentro de
estructuras de poder que los convierten en consumidores, no en ciudadanos
plenos. El desafío del Estado y la sociedad civil es transformar esa
conectividad en capital emancipador: educación financiera, seguridad
digital y ciudadanía crítica que permita usar la red no solo para sobrevivir,
sino para transformar.
7. Ideología,
actitudes políticas y ciudadanía
La relación de la
Generación Z peruana con la política está marcada por una mezcla de desconfianza
estructural, desencanto democrático y activismo episódico. Según el Instituto
de Estudios Peruanos (IEP, 2024), el 68% de jóvenes declara tener
“poco o ningún interés” en la política, y el 73% considera que los
partidos “no representan los intereses de la juventud”. Sin embargo, estas
cifras no deben leerse como apatía, sino como una forma de resistencia a
un sistema institucional que perciben ajeno, corrupto e ineficaz.
Desde la teoría de Karl
Mannheim (1952), toda generación desarrolla su conciencia política en función
de los acontecimientos históricos que marcan su entrada a la vida pública. La
Generación Z peruana creció entre la crisis de representación de los años
2000, la corrupción transversal de los presidentes (de Fujimori a
Castillo), y la violencia estatal durante las protestas de 2020 y
2022–2023. Estas experiencias han configurado un ethos político caracterizado
por el escepticismo hacia el Estado y la búsqueda de acción
directa más que de mediación institucional.
En este sentido, su forma
de hacer política no se organiza a través de los canales tradicionales
(partidos, sindicatos o gremios), sino mediante redes digitales y
movimientos espontáneos. Durante las protestas juveniles de noviembre de 2020 y
las movilizaciones del sur andino tras el cambio de gobierno en 2022, miles de
jóvenes participaron activamente usando plataformas como TikTok, Twitter e
Instagram como herramientas de denuncia, coordinación y memoria colectiva.
Así, la plaza pública se trasladó a la pantalla, redefiniendo la
ciudadanía en clave digital.
Sin embargo, esta nueva
ciudadanía digital convive con el riesgo de la polarización emocional y la
manipulación informativa. La expansión de noticias falsas, discursos
extremistas y campañas coordinadas de odio genera un ecosistema donde la
opinión pública se fragmenta y la deliberación democrática se erosiona. Tal
como advierte Chantal Mouffe (2005), la democracia contemporánea se
enfrenta al desafío de transformar la emoción política —la indignación, el
enojo, el miedo— en acción colectiva legítima. En el Perú, este proceso se
encuentra en tensión constante entre la protesta legítima y la criminalización
estatal.
El Latinobarómetro
(2023) muestra que el Perú tiene una de las tasas más bajas de
satisfacción con la democracia en América Latina (apenas 24%), y que los
jóvenes son el grupo que más duda de que votar sirva para cambiar algo. Esta
desafección responde a una experiencia histórica concreta: han visto caer
presidentes, disolverse congresos y violarse derechos sin que haya
consecuencias políticas reales. En consecuencia, su relación con la autoridad
es ambivalente: rechazan el autoritarismo, pero desconfían del sistema
democrático.
A diferencia de las
generaciones anteriores, la Generación Z peruana no busca ideologías
sólidas, sino causas específicas: feminismo, ecología, derechos LGTBIQ+,
anticorrupción, educación pública, defensa territorial o derechos indígenas.
Esto coincide con el diagnóstico de Zygmunt Bauman (2000) sobre la
“modernidad líquida”: la política deja de organizarse en estructuras duraderas
y se fragmenta en identidades momentáneas, fluidas y afectivas.
En términos de acción
colectiva, los jóvenes combinan hiperconexión y precariedad, lo que refuerza
la espontaneidad pero limita la sostenibilidad de sus
movimientos. No existe una organización juvenil nacional articulada, sino
múltiples expresiones locales, estudiantiles o digitales, que se activan ante
la injusticia y se disuelven cuando la crisis termina. Esta lógica efímera
refleja lo que Ulrich Beck llamó “individualización política”: cada
sujeto se convierte en su propio movimiento, sin estructuras permanentes que
sostengan el cambio.
La Generación Z peruana,
entonces, no es apolítica; es postinstitucional. Su rechazo a los partidos
no implica ausencia de conciencia cívica, sino la emergencia de nuevas
formas de ciudadanía basada en la experiencia vivida, la ética del cuidado y la
comunicación digital. Frente a un Estado distante y una clase política
desacreditada, los jóvenes ensayan una nueva manera de habitar lo público:
horizontal, colaborativa y de corto alcance, pero profundamente moral y
emocional.
En síntesis, la
Generación Z peruana encarna la crisis y reinvención de la ciudadanía
contemporánea. No confía en el sistema, pero tampoco se resigna; no tiene
líderes, pero genera movimiento; no cree en las instituciones, pero exige
justicia. Su desafío es convertir la indignación en proyecto, y su potencia
radica en que, pese al desencanto, sigue creyendo que la voz puede
transformar la historia.
8. Salud mental, miedos y
sueños
La salud mental de la
Generación Z peruana constituye uno de los indicadores más alarmantes —y a la
vez menos abordados— del panorama social contemporáneo. Según el SENAJU
(2023), los jóvenes que reportan haber enfrentado problemas de salud
mental pasaron del 22% en 2017 al 32% en 2022, con prevalencia de
síntomas de ansiedad, depresión y estrés crónico. Detrás de estas cifras
hay una dimensión estructural: los malestares psíquicos de los jóvenes no son
únicamente individuales, sino efectos sociales de un sistema que combina
alta exigencia, escasa estabilidad y mínima contención emocional.
En el Perú, el acceso a
servicios de salud mental sigue siendo profundamente desigual. En Lima y las
principales ciudades, existen redes privadas y algunas clínicas comunitarias;
sin embargo, en regiones rurales o andinas, la atención es casi inexistente.
Según el Ministerio de Salud (2024), menos del 25% de los jóvenes con
trastornos emocionales recibe tratamiento. Este déficit no solo se debe a la
falta de infraestructura, sino también a la persistencia del estigma
cultural, que asocia la búsqueda de ayuda psicológica con debilidad o locura.
Desde la perspectiva de
la sociología del riesgo de Ulrich Beck, la juventud contemporánea vive
bajo una inseguridad permanente: un contexto donde los riesgos ya no son
externos (guerras, epidemias), sino cotidianos e invisibles —precariedad
laboral, endeudamiento, aislamiento social, exposición digital. Esta
incertidumbre estructural convierte la ansiedad en un estado colectivo, un
signo de época más que un problema clínico aislado.
El contexto
post-pandemia agudizó esta sensación de desamparo. El confinamiento
interrumpió proyectos educativos y afectivos, debilitó los vínculos
comunitarios y aumentó la dependencia tecnológica. Muchos jóvenes
—especialmente mujeres y estudiantes— experimentaron soledad, insomnio y
miedo al futuro. En términos de Byung-Chul Han (2012), la sociedad del
rendimiento ha sustituido la represión por el autoexigirse: “El sujeto
neoliberal se explota a sí mismo creyendo que se realiza”. La juventud peruana,
presionada por el discurso del éxito y la competencia, vive un agotamiento
silencioso: estudia, trabaja y produce, pero sin sentir propósito ni
pertenencia.
Los miedos que
predominan en la Generación Z peruana —según estudios de Ipsos (2024)— son
la inseguridad ciudadana, la corrupción, la precariedad laboral y
el deterioro ambiental. Estos temores no son irracionales: reflejan un
país donde el crimen, la impunidad y la inestabilidad política se han
normalizado. Sin embargo, junto a esos miedos coexisten sueños
persistentes: movilidad educativa, estabilidad económica, migración temporal,
emprendimiento y acceso a una vida digna.
Los sueños, más que
aspiraciones materiales, se han convertido en estrategias de supervivencia
simbólica. En un entorno donde el Estado no garantiza el futuro, imaginar uno
propio se convierte en un acto de resistencia. Muchos jóvenes proyectan su
esperanza en la autoformación digital —cursos en línea, idiomas,
freelancing—, buscando construir sentido en espacios alternativos al sistema
formal. Este fenómeno refleja lo que Anthony Giddens (1991) denomina modernidad
reflexiva: la necesidad de construir la identidad individual frente al
colapso de los marcos tradicionales de seguridad.
Sin embargo, esta
autonomía aparente tiene un costo emocional. Al vivir en una sociedad que
exalta la productividad, el fracaso se internaliza como culpa personal. Jóvenes
que no logran empleo o estabilidad sienten que “no se esforzaron lo
suficiente”, sin reconocer que la estructura económica limita sus
oportunidades reales. Así, la frustración individual es el rostro íntimo de una
desigualdad estructural.
En perspectiva
comparada, la OIT (2024) advierte que América Latina atraviesa una
“crisis silenciosa de bienestar juvenil”, donde la inseguridad económica y
emocional son las dos caras de un mismo proceso. El Perú encarna este fenómeno:
una generación hipermóvil, conectada y resiliente, pero emocionalmente
agotada.
En suma, los malestares
mentales de la Generación Z peruana no son patologías aisladas, sino síntomas
sociales de una época que promete libertad sin soporte, éxito sin justicia
y conexión sin comunidad. Frente a ello, los sueños juveniles —educarse,
viajar, emprender, ser reconocidos— funcionan como anclajes de esperanza en
medio de un presente incierto. La juventud no solo sufre: resiste creando
significado, reinventando su lugar en un país que aún no aprende a cuidar a
quienes más sueñan.
9. Tensiones
estructurales que explican las brechas
La situación de la
Generación Z peruana no puede comprenderse como una suma de problemas aislados,
sino como el resultado de tensiones estructurales persistentes que
atraviesan el modelo de desarrollo nacional. Estas tensiones —educativas,
económicas, territoriales, políticas y culturales— revelan que el país no ha
logrado articular un proyecto de modernidad inclusiva. A continuación se
presentan las principales:
1. La transición
escuela–trabajo como fractura estructural
En el Perú, el paso de la
educación al empleo no es una continuidad, sino una ruptura. Los jóvenes
culminan la secundaria en tasas relativamente altas (≈80%), pero la mayoría no
logra integrarse a un empleo formal ni continuar estudios superiores.
Este “vacío” entre el sistema educativo y el mercado laboral refleja lo
que Pierre Bourdieu denominó violencia simbólica estructural:
la escuela promete movilidad, pero en realidad reproduce las jerarquías de
clase. Las oportunidades dependen más del origen socioeconómico que del mérito
individual.
La falta de políticas
de transición efectiva escuela–trabajo y de certificación de
competencias técnicas convierte a los jóvenes en los principales
portadores de la precariedad. En palabras de Ulrich Beck, el riesgo social
se individualiza: el fracaso educativo o laboral ya no se atribuye a la
estructura, sino a la falta de esfuerzo personal.
2. Segmentación
territorial y étnica del desarrollo
La segunda tensión
es geográfica y cultural. El modelo económico peruano, fuertemente
centralizado en Lima, ha generado una brecha estructural entre lo urbano y
lo rural, así como entre lo mestizo y lo indígena. Mientras la capital
concentra universidades, empresas y conectividad, las regiones altoandinas y
amazónicas mantienen déficits crónicos de infraestructura y servicios básicos.
Esta dualidad territorial
configura lo que la CEPAL (2023) denomina modernización
excluyente: una economía que crece sin integrar. La juventud rural —en su
mayoría quechua o aimara— enfrenta un doble obstáculo: la marginación
económica y la invisibilidad cultural.
El resultado es un mapa desigual de oportunidades, donde el código postal sigue
determinando el destino social.
3. Un mercado laboral
dual y desregulado
El mercado laboral
peruano está estructurado sobre un modelo dual heredado de las
reformas neoliberales de los años noventa. Por un lado, una minoría protegida
(empleo formal, sindicalización, beneficios); por otro, una mayoría precarizada
(informalidad, subempleo, autoempleo de subsistencia). La Generación Z ha
ingresado a un sistema que normaliza la flexibilidad y la inestabilidad como
condiciones naturales del trabajo.
Según la OIT
(2024), el Perú es uno de los países donde la informalidad afecta más
del 70% del empleo juvenil, una cifra superior al promedio
latinoamericano. Esta situación perpetúa un círculo vicioso: bajos ingresos →
baja capacidad de ahorro → exclusión financiera → dependencia de la
informalidad. El mercado no integra a los jóvenes: los recicla como
fuerza de reemplazo barata. En términos de Bauman, son “trabajadores
líquidos”: funcionales, pero desechables.
4. Crisis política e
institucional como desmotivación cívica
La inestabilidad política
crónica es otra tensión estructural. En apenas dos décadas, el Perú ha
tenido siete presidentes y constantes crisis de legitimidad.
Este contexto ha generado un sentimiento de orfandad institucional entre
los jóvenes, que perciben el Estado como un aparato corrupto y distante.
El Latinobarómetro
(2023) confirma que el Perú se ubica entre los países con menor
confianza en el Congreso (8%) y en los partidos políticos (5%). En
consecuencia, los jóvenes optan por una ciudadanía más emocional que
estructurada, que se expresa en protestas o campañas digitales, pero no en la
construcción de movimientos duraderos. Como señala Chantal Mouffe (2013),
la democracia contemporánea vive una crisis de representación porque no logra
canalizar la pasión política en proyectos colectivos.
5. Modernización
tecnológica sin justicia social
La expansión digital ha
democratizado el acceso a la información, pero no ha eliminado la
desigualdad, sino que la ha desplazado al ámbito tecnológico. La brecha ya
no es entre conectados y desconectados, sino entre quienes usan la
tecnología para producir conocimiento y quienes solo la consumen. La
Generación Z es hábil en redes sociales, pero carece de formación crítica para
protegerse de la manipulación y el algoritmo.
Esta “modernización sin
equidad” constituye una nueva forma de exclusión: la brecha cognitiva.
Mientras algunos jóvenes logran insertarse en empleos digitales globalizados,
otros quedan atrapados en la economía informal digital (delivery, ventas por
app, trabajos temporales), donde la flexibilidad es sinónimo de vulnerabilidad.
6. Precariedad
emocional y crisis de sentido
Finalmente, la tensión
más profunda es la subjetiva: una generación que, pese a estar
hiperconectada, se siente sola, agotada y sin horizonte. La falta de
estabilidad educativa, laboral y política genera un vacío simbólico que ni la
tecnología ni el consumo logran llenar.
Byung-Chul Han (2012) lo explica con precisión: vivimos una sociedad del
rendimiento donde la autoexplotación sustituye a la opresión externa. La
juventud peruana, atrapada en esa lógica, se exige productividad constante,
pero carece de reconocimiento y descanso.
Síntesis
interpretativa
Estas seis tensiones
estructurales configuran un sistema de desigualdad multidimensional. La
Generación Z no es víctima pasiva, pero tampoco agente pleno de transformación:
se mueve dentro de márgenes impuestos por un Estado débil, un mercado
excluyente y una cultura meritocrática que disfraza la injusticia de esfuerzo
individual.
En términos de Anthony
Giddens (1991), la modernidad reflexiva obliga al individuo a reinventarse
constantemente, pero cuando esa reinvención ocurre sin soporte institucional,
el resultado es vulnerabilidad existencial. La juventud peruana encarna
esa paradoja: más preparada que nunca, pero más sola frente al riesgo.El
problema, por tanto, no radica en la juventud, sino en el país que no sabe
sostenerla.
10. Implicancias para la política pública (economía, educación, salud y derechos)
La lectura crítica de la
Generación Z peruana no puede concluir sin preguntarse qué tipo de políticas
públicas requiere un país que ha normalizado la desigualdad. Los jóvenes de 15
a 29 años no representan solo una categoría demográfica, sino el corazón
del bono demográfico que el Perú podría aprovechar para consolidar un
desarrollo sostenible. No obstante, sin un cambio estructural en las políticas
educativas, laborales y sociales, ese bono corre el riesgo de convertirse en
un pasivo generacional.
El desafío es diseñar
políticas que no sean paliativas ni asistenciales, sino transformadoras y
redistributivas, capaces de articular las dimensiones educativa, económica,
tecnológica y emocional de la vida juvenil. A continuación se proponen ejes
estratégicos:
1. Rearticular la
transición escuela–trabajo
El principal problema del
Perú no es la falta de jóvenes calificados, sino la falta de sistemas que
vinculen la formación con el empleo decente. Se propone implementar un modelo
de educación dual inspirado en las experiencias de Alemania, México o
Chile, donde el estudiante combina formación teórica con prácticas en empresas
certificadas. El Estado debe ofrecer incentivos fiscales a las MYPE que
contraten jóvenes y creen programas de primera experiencia laboral con
seguro y acompañamiento.
Asimismo, urge crear
un sistema nacional de certificación de competencias (manuales,
técnicas, digitales y agrícolas) que reconozca los saberes adquiridos fuera del
aula, especialmente en contextos rurales. Esto permitiría romper la
dicotomía entre educación formal e informal, y transformar la experiencia
práctica en capital laboral reconocido.
2. Democratizar la
educación superior y técnica
Las universidades e
institutos del país deben ser parte de una política de equidad territorial.
El 70% de las instituciones de educación superior se concentran en Lima, lo que
reproduce la centralización del conocimiento. El Estado debería descentralizar
la oferta educativa mediante becas regionales, sedes universitarias
interculturales y programas técnicos articulados con las economías locales
(agroexportación, turismo sostenible, biotecnología, minería verde, etc.).
Además, se necesita
fortalecer la educación técnica de corta duración y con alta
empleabilidad, especialmente en zonas rurales y amazónicas, donde los jóvenes
requieren soluciones de rápida inserción laboral. Estas medidas deben ir
acompañadas de orientación vocacional con enfoque de género e
interculturalidad, evitando que la elección de carrera reproduzca
estereotipos o barreras simbólicas.
3. Redefinir el empleo
juvenil desde la formalización y la protección social
La informalidad laboral
juvenil no se reduce con decretos, sino con incentivos estructurales.
El Estado puede establecer un “Sello Empresa Joven Formal”,
otorgado a compañías que formalicen a trabajadores jóvenes mediante contratos
con seguridad social, capacitación y seguro de salud mental. De igual modo, es
urgente revisar el marco tributario para que la formalización de la
microempresa no sea más costosa que la informalidad, mediante la reducción
de cargas laborales graduales y acceso a créditos blandos.
En paralelo, se debe
garantizar la protección social universal para jóvenes
trabajadores independientes y de plataformas digitales. La expansión del empleo
digital y de la gig economy exige un nuevo marco jurídico
laboral que reconozca derechos mínimos: jornada razonable, aportes
previsionales flexibles y seguro de salud integral.
4. Institucionalizar
la salud mental juvenil como política pública prioritaria
La salud mental no puede
seguir tratándose como un tema individual o asistencial. Debe integrarse en el
sistema educativo y laboral como un derecho fundamental.
Se propone la creación de una Red Nacional de Salud Mental Joven, con
centros comunitarios en cada provincia, programas de orientación escolar y
atención psicológica gratuita para estudiantes de secundaria, institutos y
universidades.
Además, los campus
educativos deben incorporar protocolos de bienestar emocional, prevención
del acoso y detección temprana de depresión o ansiedad.
El Ministerio de Educación y el Ministerio de Salud podrían coordinar campañas
conjuntas con redes digitales, aprovechando el lenguaje y las plataformas que
los jóvenes realmente usan.
5. Promover una
ciudadanía digital crítica y participativa
La hiperconectividad juvenil solo se
traducirá en ciudadanía si se acompaña de educación digital crítica.El
Estado, en colaboración con medios, universidades y sociedad civil, debe
desarrollar programas de alfabetización mediática, que enseñen a
distinguir información veraz, detectar manipulación y proteger datos
personales.
Asimismo, deben
fortalecerse los Consejos Regionales de Juventud y los mecanismos
de presupuesto participativo juvenil, de modo que los jóvenes no solo
protesten, sino también deliberen y decidan sobre políticas locales.La
meta es convertir el activismo episódico en incidencia institucional
sostenida, transformando la energía de las calles y redes sociales en políticas
públicas concretas.
6. Incorporar enfoque
interseccional y de justicia social
Todas las políticas deben
reconocer que la juventud peruana no es homogénea: las condiciones de
clase, género, etnia, territorio y orientación sexual crean desigualdades
específicas.Por ello, cualquier política juvenil debe incorporar un enfoque
interseccional que priorice a las jóvenes rurales, madres adolescentes,
estudiantes indígenas, afroperuanos y personas LGTBIQ+.
La inclusión no es un
discurso: es redistribución efectiva del poder. Sin representación diversa
en los espacios de decisión, la juventud seguirá siendo objeto de políticas, no
sujeto de derechos.
7. Reconfigurar el
pacto social con las juventudes
Finalmente, es necesario
repensar la relación entre Estado y juventud. El Perú no necesita más programas
“para jóvenes”, sino un nuevo pacto social con las juventudes:
reconocimiento, voz y participación en la planificación nacional. Ello implica
que el Plan Nacional de la Juventud 2025–2030 no sea un documento
marginal, sino una estrategia transversal que articule los ministerios de
Educación, Trabajo, Cultura, Salud y Economía bajo una visión generacional de
país.
En suma, la política
pública debe pasar del asistencialismo a la transformación estructural.
Educar, emplear y cuidar a la Generación Z no es un acto de benevolencia, sino
una condición para la supervivencia democrática del Perú. Una nación
que no escucha a sus jóvenes está condenada a repetir su crisis, pero una que
los reconoce puede convertir su energía en el motor de una nueva historia
social.
11. Conclusión
La Generación Z
peruana (1997–2012) constituye el espejo más claro de las
contradicciones del Perú contemporáneo: un país joven, digitalizado y educado,
pero atrapado en estructuras sociales y económicas profundamente
desiguales. Esta generación encarna simultáneamente el éxito del acceso y el
fracaso de la equidad; ha conquistado la conectividad global, pero no la
estabilidad material; ha ganado voz, pero no poder.
El análisis sociológico y
crítico desarrollado a lo largo de este ensayo permite afirmar que el Perú vive
una modernidad inconclusa: adopta los símbolos del progreso —internet,
educación superior, finanzas digitales— sin resolver las bases de su
desigualdad histórica. En este escenario, la Generación Z no solo habita el
cambio, sino que padece sus desequilibrios. Su vida cotidiana transcurre
entre la sobreexigencia meritocrática, la informalidad laboral, la precariedad
emocional y la desconfianza política.
Desde la perspectiva
de Pierre Bourdieu, la escuela y el trabajo —que debieron ser los grandes
mecanismos de movilidad social— se han convertido en espacios donde el capital
cultural se convierte en frustración y el esfuerzo en deuda simbólica. Ulrich
Beck explicaría este proceso como la individualización del riesgo: los
jóvenes deben cargar con los costos de un sistema que no los protege. Y en la
lógica de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, la juventud
peruana se ve obligada a adaptarse constantemente a una realidad que se
disuelve más rápido que sus sueños.
No obstante, en medio de
esta precariedad estructural emerge una potencia inédita: una generación que,
pese al desencanto, no ha renunciado a imaginar un país distinto. Su
ciudadanía digital, su creatividad y su capacidad de organización inmediata
demuestran que la juventud no es pasiva ni indiferente, sino crítica y
resiliente. Las protestas de 2020 y 2023 son prueba de que los jóvenes no
buscan destruir el sistema democrático, sino redefinirlo desde la ética de
la dignidad y la justicia.
La tarea pendiente del
Estado y la sociedad peruana no es “incluir” a los jóvenes como si fueran un
grupo aparte, sino reconstruir el contrato social desde su perspectiva.
Ellos no representan el futuro: son el presente de un país que aún no sabe
dialogar con sus propias generaciones.
Reconocer su derecho a la educación de calidad, al empleo digno, a la salud
mental y a la participación política no es una concesión, sino una deuda
democrática.
En última instancia, la
Generación Z del Perú nos recuerda que la modernidad sin justicia es solo
apariencia, y que la equidad no se mide por el acceso a la tecnología o la
escolarización, sino por la posibilidad real de vivir una vida digna, segura y
significativa.
Si el país logra escuchar a sus jóvenes y construir con ellos políticas basadas
en derechos y reconocimiento, el llamado “bono demográfico” dejará de ser una
oportunidad perdida y se convertirá en una fuerza de renovación histórica.
Porque el verdadero
desarrollo no consiste en tener más jóvenes conectados, sino en tener más
jóvenes esperanzados.
Referencias:
1. Fuentes teóricas y
conceptuales
- Bauman,
Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
- Bauman,
Z. (2005). Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias.
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Paidós.
- Bourdieu,
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M. (2010). Comunicación y poder. Alianza Editorial.
- Giddens,
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- Giddens,
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- Zuboff,
S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human
Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs.
2. Fuentes
estadísticas y nacionales (Perú)
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Nacional de Estadística e Informática (INEI). (2023). Encuesta Nacional
de Hogares (ENAHO). Lima: INEI.
- Instituto
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Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares. Lima: INEI.
- Ministerio
de Educación del Perú (MINEDU). (2023). Cifras de la educación superior
2022–2023. Oficina de Estadística Educativa.
- Secretaría
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2017–2022: Informe nacional. Lima: MINEDU–SENAJU.
- Ministerio
de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE). (2024). Situación del empleo
juvenil en el Perú. Dirección de Promoción del Empleo.
- Banco
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Coyuntura y perspectivas macroeconómicas. Lima: BCRP.
- Ministerio
de Salud del Perú (MINSA). (2024). Informe Nacional sobre Salud Mental
2022–2024. Lima: MINSA.
- Defensoría
del Pueblo. (2023). Reporte anual de conflictos sociales y derechos
humanos 2023. Lima: DP.
- Superintendencia
de Banca, Seguros y AFP (SBS). (2024). Informe sobre inclusión
financiera y educación digital en el Perú. Lima: SBS.
3. Fuentes
internacionales y comparadas
- Comisión
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social de América Latina 2023. Santiago de Chile: CEPAL.
- Comisión
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juventud y desigualdad digital en América Latina. CEPAL–UNESCO.
- Organización
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América Latina: Informe regional 2024. Ginebra: OIT.
- Organización
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(UNESCO). (2023). Informe Mundial sobre Educación 2023: Invertir en el
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- Banco
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- Fondo
de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). (2023). Juventud,
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Nueva York: UNICEF.
- Latinobarómetro.
(2023). Informe 2023: Democracia y opinión pública en América Latina.
Santiago de Chile: Corporación Latinobarómetro.
- Friedrich
Ebert Stiftung (FES). (2023). Juventud, empleo y democracia en el Perú:
Desafíos postpandemia. Lima: FES.
- IDEA
Internacional. (2024). Democracia en Perú y América Latina: Desafección
y nuevas ciudadanías. Estocolmo: IDEA.
4. Estudios
cualitativos y socioculturales
- Fundación
Friedrich Naumann. (2023). Juventudes y participación política digital
en el Perú. Lima: FNF.
- Ipsos
Perú. (2024). Estudio Nacional de Opinión Juvenil 2024. Lima:
Ipsos.
- Instituto
de Estudios Peruanos (IEP). (2023). Barómetro de la juventud peruana:
Valores, política y desigualdad. Lima: IEP.
- IDEA
Internacional & ONU Mujeres. (2023). Género, participación política
y juventudes en el Perú. Lima: IDEA–ONU.
- Amnistía
Internacional. (2023). Perú: ¿Quién disparó la orden? Derechos humanos
y represión estatal 2022–2023. Londres: AI.
5. Referencias
complementarias (contexto y teoría aplicada)
- De
Sousa Santos, B. (2018). Epistemologías del Sur: Justicia contra la
epistemicidio. Siglo XXI Editores.
- Fraser,
N. (2019). Los límites del capitalismo progresista. Herder.
- Harvey,
D. (2005). Breve historia del neoliberalismo. Akal.
- Sen,
A. (2000). Desarrollo y libertad. Planeta.
- Touraine,
A. (2010). La mirada social: Un marco para la acción. Paidós.
- Žižek,
S. (2018). El coraje de la desesperanza. Anagrama.
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